Telecomunicaciones y neoliberalismo

 

Para comprender el sentido de la trayectoria recientemente emprendida por la industria de telecomunicaciones – que parece haber encontrado en el proyecto de la Sociedad de la Información una base estratégica para su expansión futura-, es necesario considerar algunos antecedentes generales sobre el papel desempeñado por el Estado en el desarrollo del sector, así como en la configuración de su situación actual.

Como se sabe, desde su origen, en numerosos países del mundo y en particular los europeos, el sector de las telecomunicaciones fue atraído por el Estado, que ejerció una estricta regulación, mientras que en los Estados Unidos se generó la existencia de grandes conglomerados privados dominantes en la actividad. Así, la evolución de las telecomunicaciones se ha caracterizado históricamente por la existencia de monopolios estatales y privados. Tanto por ser considerada una actividad estratégica con implicaciones para la seguridad nacional, como por su alta rentabilidad, las telecomunicaciones han alcanzado un crecimiento importante en los países desarrollados, con una inversión relevante en infraestructura e ingresos para los operadores de telecomunicaciones. (A este respecto es útil revisar las diversas cifras registradas por la OCDE para sus países miembros en relación a la relevancia económica del sector ,en: www.oecd/org/statisticdata/ .) Bajo el monopolio estatal -que se interesó en montar la infraestructura y en lograr la mayor cobertura social posible-, la participación privada en el sector debió apegarse a la orientación establecida por aquél, entonces bajo la figura del llamado Estado Benefactor.

Capitalismo
Capitalismo

Luego de que en un primer momento, tal política benefició a los usuarios de grandes dimensiones, después, bajo el criterio de responder al interés público, las instituciones estatales de las telecomunicaciones de los países que optaron por un desarrollo de tal naturaleza se planteaban como objetivo el de garantizar la disponibilidad de los recursos de las telecomunicaciones a la población en su conjunto. A partir de tal enfoque social, el Estado se preocupó por hacer llegar los servicios a las comunidades aisladas, o bien fomentando su expansión a través de las tarifas bajas que facilitaron su uso más amplio, con una fórmula en la se buscaba que los segmentos del mercado menos rentables se viesen financiados por aquéllos de mayor rentabilidad, y donde las empresas gestionarias dedicaban buena parte de sus inversiones a las áreas que les reportaban mayores ingresos, aunque también contribuían al financiamiento de los sistemas menos lucrativos.

De acuerdo con tal esquema, por largo tiempo y en varias regiones del mundo, el Estado asumió la responsabilidad de la instauración de las infraestructuras de conducción para las comunicaciones, tarea que, sin que mediasen criterios de rentabilidad, le conllevó grandes inversiones en el sector.

Así, mientras la expansión de las telecomunicaciones recaía prioritariamente en el proyecto estatal en la materia, y dado que los mayores riesgos en el desarrollo del sector los asumía el Estado, los grupos privados se veían beneficiados y tuvieron la posibilidad de concentrarse en las regiones de mayor potencialidad económica.

Sin embargo, hacia los ochenta, tal régimen para el desarrollo y funcionamiento de las telecomunicaciones en el mundo, un modelo que había prevalecido por cerca de cien años, se vería modificado centralmente a partir de las exigencias del orden capitalista en ese momento histórico para salir avante de la crisis por la que atravesó en la posguerra, y que le obligó a buscar un nuevo patrón de acumulación (El fenómeno del patrón de acumulación comprende, entre otros factores, “…la forma que asume el sistema de fuerzas productivas en el periodo correspondiente; las formas y modo de articulación que asumen los procesos de producción, distribución, utilización de la plusvalía”, en José Valenzuela Feijóo, “Cinco Dimensiones Del Modelo Neoliberal”, en Revista Política y Cultura,. p. 27.), es decir, de una forma de funcionamiento de la economía que garantizase un incremento en la plusvalía.

Tal modelo sería el neoliberalismo, marco bajo el cual se decide un viraje en las políticas para el desarrollo de las telecomunicaciones en vastas zonas del mundo. Para comprender el impacto de dicho fenómeno económico en el ámbito de las TIC’s, es preciso detenerse brevemente en las razones y factores que intervienen en ese proceso.

Como un sistema económico por naturaleza inestable, el orden capitalista se ve sujeto a oscilaciones cíclicas (Es conocida la postura al respecto de varios pensadores, entre ellos Mandel (1980), quien establece que la historia del sistema capitalista refleja un movimiento pendular de larga duración, que se basa en la sucesión de periodos de auge y de estancamiento o de desaceleración del crecimiento, como dos fases dentro de cada etapa que buscan la estabilización parcial del orden económico.), impulsadas por las fluctuaciones de la tasa de ganancia, alfa y omega del sistema económico, mismo que hasta la gran crisis de 1929 se sustentó fundamentalmente en la ampliación del “ejército de reserva industrial”. En especial después de la Segunda Guerra Mundial, se privilegia el recurso del gasto público y de la inflación, medidas con las que el ciclo se suaviza aunque no se modifica sustancialmente, y que por tanto más tarde se tornan disfuncionales.

Al clausurarse la larga fase de auge de la posguerra y agotarse el patrón de acumulación asociado, los conflictos se intensifican. Hacia los setenta es claro que el problema no se reduce a una mera reconstitución cíclica, sino que se requiere de un cambio estructural, es decir, pasar a un nuevo patrón de acumulación.

En las naciones latinoamericanas de mayor desarrollo relativo, dicho conflicto también comenzó a hacerse manifiesto, aunque con las particularidades de la situación de los países periféricos, pues en ellos dominaba el patrón de acumulación conocido como la “sustitución de importaciones”, modelo que también tendía al agotamiento de las condiciones que permitían el desarrollo de una industria orientada a la producción masiva de bienes para una amplia población. A ello se sumó un importante factor, el de la fuerte concentración del ingreso.

Así pues, las exigencias del modelo económico en diversas regiones del mundo apuntaban hacia la imperiosa necesidad de la puesta en marcha de un nuevo patrón de acumulación, con la redefinición del valor de la fuerza de trabajo y el incremento sustancial de la tasa de plusvalía como requisitos indispensables.

Fue así como se recurrió a la opción del neoliberalismo, un proyecto político y económico con una dimensión ideológica que como tal, se configuró a partir de las mencionadas necesidades y que constituye “… la estrategia política con la cual el capital monopólico y las burocracias políticas o élites gubernamentales de las grandes potencias se adaptan al contexto de la globalización y promueven una forma de inserción de las naciones, las comunidades y los individuos en ella y un modo particular de regulación mundial en su seno”. (Arturo Ramos Pérez, Globalización y neoliberalismo: ejes de la restructuración del capitalismo mundial y del Estado en el fin del siglo XX, México, Plaza y Valdés, 199, p. 100.) Sin embargo, en los comienzos del siglo XXI comenzaron a hacerse evidentes, con la aparición de nuevas fuerzas sociales, las necesidades de “ajuste” de dicho modelo.

Estrechamente asociado al objetivo de recuperación hegemónica y de restructuración global impulsado por grupos de poder de los Estados Unidos, el neoliberalismo ha constituido un proyecto concertado entre los principales actores de las élites del poder, y destacadamente por sus instancias financieras y ejecutivas, entre las que sobresalen el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el llamado “G-7” (que reúne a las siete mayores potencias mundiales).

Así pues, el neoliberalismo vino a ser “….un proyecto estratégico de gran alcance que tiene como objetivo fundamental colocar en una posición de fuerza indiscutible a los núcleos de máximo poder económico y político en el curso del siglo XXI, sobre la base del desmantelamiento de los equilibrios sociopolíticos logrados durante la vigencia del Estado social de la posguerra, y apoyado en la derrota histórica (…) de la clase obrera ocurrida entre los setenta y los ochenta”. (Idem)

El análisis del fenómeno del neoliberalismo es por demás extenso; varios aspectos sobre el tema están en discusión actualmente -por ejemplo, por cierto, la articulación entre globalización y neoliberalismo (Como es sabido, existe un debate que no ha arribado a puntos definitivos, sobre la relación del fenómeno de la globalización con el proyecto neoliberal (Dabat:2003; Ramos Pérez:1999). Mientras que para algunos investigadores existe una plena identificación entre ambos fenómenos, para otros la globalización no se reduce a las políticas neoliberales, cuya vía no constituye la única estrategia de inserción a la economía global (Calva:2003).); sin embargo en las líneas que siguen sólo se abordarán algunos aspectos fundamentales que resultan de importancia para este trabajo.

El neoliberalismo es un fenómeno complejo sobre el cual existen interpretaciones varias. Para comprender sus características y repercusiones en el ámbito de las telecomunicaciones resulta útil apoyarse en el trabajo de José Valenzuela Feijóo, quien ha estudiado el fenómeno y define el neoliberalismo como un proyecto político específico, con un reordenamiento estructural coherente con el mismo y los intereses que lo sustentan. (José Valenzuela Feijóo, Crítica al modelo neoliberal. El FMI y el cambio estructural, México, UNAM, 1991, p. 15.)

Para dicho autor, en el neoliberalismo existe una multiplicidad de aspectos o dimensiones (Según dicho autor, entre las dimensiones básicas del neoliberalismo se encuentra la ideológica (una cosmovisión centrada en lo económico), la de la política económica (radicada a partir del patrón de acumulación) y la dimensión clasista, que se reconoce con los intereses sociopolíticos a los cuales sirve el complejo neoliberal”. En Cinco dimensiones…, op. cit., p. 10.). Para los fines de este trabajo, resulta de particular interés la dimensión de la política económica, referente a las orientaciones o lineamientos que ha impulsado tal proyecto político y que, de acuerdo con Valenzuela Feijóo, se compone de cuatro ejes fundamentales: la desregulación económica estatal y los procesos de privatización que le acompañan; el control y reducción del nivel salarial; el “aperturismo” externo y la liberalización de los flujos externos (mercancías y capitales) y la preferencia por los intereses del capital dinerario (o financiero).

Con base en tales direcciones fundamentales, el proyecto neoliberal se traduce, entre otras expresiones económico-políticas, a partir del cuestionamiento de la figura del Estado Benefactor por “costoso” e “ineficiente”, en el adelgazamiento del Estado, la sensible disminución de su papel regulador en la economía y en la reducción del gasto público, todo lo cual ha redundado en un debilitamiento de los gobiernos nacionales, así como en un notable fortalecimiento del capital privado nacional y transnacional. Asimismo, tal modelo implica el predominio del capital financiero sobre el productivo, el establecimiento de bajos salarios, bajos costos para las materias primas agropecuarias y la puesta en marcha de formas flexibles de explotación con mecanismos de sobreexplotación de la fuerza de trabajo.

Un aspecto más a resaltar entre las características del proyecto neoliberal es el de su estímulo a las estructuras de concentración en renglones determinados de la economía, lo cual ha derivado en un fortalecimiento y expansión de los oligopolios y monopolios. Ello debido a que “a la regulación estatal desbaratada por la ofensiva neoliberal se le sobrepone una regulación monopólica, cuya efectividad en el control férreo de todos los procesos económicos y sociales es sin duda mayor que la primera y, por lo tanto, también mucho más eficaz en la supresión del libre mercado” (Arturo Ramos Pérez, op. cit., p. 120.), bajo las premisas de los fundamentos económicos neoliberales, que suponen perniciosos sólo a los monopolios estatales y dejan pasar de largo a los privados.

Así, en una supuesta “actitud general en favor de la ‘espontaneidad del mercado’ para favorecer a la ‘libre competencia’, en la realidad se deja a los grandes consorcios privados el rol principal en la asignación de recursos. (Como lo hace ver Chomsky, en su texto “Democracia y Mercados en el Nuevo Orden Mundial”, “el significado real del ‘conservadurismo de mercado libre’ es ilustrado si observamos de cerca a los entusiastas más apasionados por querer ‘quitarnos el gobierno de encima’ y dejar que el mercado reine sin ser perturbado”, en La sociedad global, México, 1999, Joaquín Mortiz, p. 34.) Las resultantes sociales del proyecto neoliberal son muchas; destacan, sin embargo, la creciente marginación de amplios grupos sociales y una concentración del capital sin precedentes.

El modelo neoliberal fue instaurado en América Latina hacia mediados de los ochenta y principios de los noventa, en medio del ascenso de dictaduras en varios países, el empobrecimiento de las mayorías y de un proceso de reconversión de los Estados nacionales. (Véase Luis Javier Garrido, “La Crítica del Neoliberalismo Realmente Existente”, en Noam Chomsky y Heinz Dieterich, La sociedad global, op. cit., pp. 7-13.) James Petras y Morris Morley ( Véase Petras y Morley, “Los Ciclos Políticos Neoliberales: América Latina ‘Se Ajusta’ a la Pobreza y a la Riqueza en la Era de los Mercados Libres”, en Globalización: crítica a un paradigma, John Saxe Fernández (coord.), México, UNAM-Plaza y Janés, 1999, pp. 215-247.) afirman que hasta ahora en la región han desfilado “tres grandes oleadas” de regímenes neoliberales: la primera comenzó durante la década de los ochenta, “coincidiendo en términos generales con la transición negociada de las dictaduras militares a los gobiernos civiles que tuvo lugar en el continente”. La segunda empezó hacia el final de la misma década, para extenderse durante la segunda mitad de los noventa, que m arca el arribo de la “tercera oleada”.

Mientras que los gobiernos de la primera etapa abandonaron muy pronto la “retórica populista” de sus campañas para impulsar el proyecto de libre mercado, a través de sus programas de “estabilización” y “ajuste estructural” prescritos por el FMI y el Banco Mundial, dando los primeros pasos hacia el desmantelamiento del cuerpo estatal al permitir la compra a gran escala de las empresas públicas por extranjeros y empezar a dar prioridad al pago de la deuda externa a expensas del desarrollo social y económico de sus propios países, la “segunda oleada” de regímenes neoliberales profundizó en tales medidas, a las que se sumaron políticas deflacionarias y préstamos crecientes de la banca internacional, que con el influjo del capital especulativo estabilizaron sus economías en el corto plazo, aunque con el posterior estallamiento de “nuevos ciclos de crisis estructuralmente inducidas”. (Idem, p. 226.)

Correspondería a la “tercera oleada” la consolidación de tal modelo, agregando al mismo el enriquecimiento creciente de “las clases de los sectores estatal y privado ligadas a los nuevos circuitos”, aun ante la presencia de “un poder popular organizado que tiene una perspectiva social revolucionaria”. No obstante, los investigadores mencionados advierten que, más allá del neoliberalismo, no sólo en el sentido social, sino también en el político, “el proceso de desplazamiento ha comenzado, con mayores posibilidades de éxito fuera del contexto electoral”. (Idem, p. 234.)

Tales han sido, en síntesis, las directrices de política económica instrumentadas para promover el nuevo patrón de acumulación requerido para efectos de las nuevas necesidades de rentabilización del capital.

Sin el propósito de internarse en la “dimensión ideológica” neoliberal, se considera útil hacer notar al menos que, en términos de pensamiento, el neoliberalismo se ha venido apoyando, entre otras nociones, en el reconocimiento a un “orden espontáneo” en la sociedad, que a partir de la expresión original de Adam Smith en torno a “la mano invisible del mercado”, se traslada a entender la distribución de la riqueza a partir de las elecciones individuales, que presenta como legítimas.

Otro de los postulados relevantes de tal faceta, y que se engarza naturalmente con el concepto que en este trabajo hemos denominado “promocional” de la Sociedad de la Información, ha sido el de postular “el fin de la historia”, a partir del triunfo del orden capitalista en la segunda mitad del siglo XX.

Se llegaba de este modo a un momento histórico en el cual, mientras en el terreno tecnológico se avanzaba hacia la convergencia -sobre todo vía la imbricación entre la informática y las telecomunicaciones-, en el ámbito de la restructuración capitalista se requería crecientemente de sistemas de información más avanzados y de menores costos en el suministro de los servicios, con mecanismos para cuya puesta en marcha la gestión estatal constituía un freno.

Asimismo, el proceso de globalización que iba tomando auge reclamaba una conectividad sin fronteras que permitiese los intercambios instantáneos de información con los diferentes actores empresariales, en un proceso que requería de condiciones económicas, jurídicas y políticas compatibles. Fue hacia ese momento cuando, como parte del despliegue de la revolución informacional y del desarrollo de las TIC’s, brotaba la nueva generación de telecomunicaciones, revelándose como un factor de grandes posibilidades para apoyar los procesos del patrón de acumulación emergente.

En los comienzos del siglo XXI, es claro que el proyecto neoliberal está ingresando en una nueva etapa, en medio del surgimiento del altermundismo y la participación creciente de la sociedad civil mundial: a partir de las movilizaciones de Seattle en 1999, haciendo uso en cierta medida de las redes como instrumento de organización, dicho movimiento social ha ido ganando terreno, en paralelo al estallamiento de severas crisis económico-financieras y exclusión social generadas por el modelo económico, que incluso han debido ser reconocidas por algunos de sus promotores. Esta problemática podría derivar en una relativa recomposición de las fuerzas que hoy se calibran para esbozar los escenarios del futuro. Resulta pues previsible esperar una revisión del proyecto económico neoliberal que, con los ajustes del caso, lograra prolongar su estancia como directriz de la economía global.

De ser ése el escenario, resulta factible la continuidad de la tendencia hacia la construcción de la estructura que aquí se ha denominado como la Sociedad del Mercado de la Información.

Como se ha hecho notar en los apartados anteriores, el proceso de construcción de la llamada Sociedad de la Información que se ha iniciado responde a diversos factores estructurales, así como, en consecuencia, a elementos que de aquéllos se derivan. Tal es el caso de las políticas que se instrumenten para tal proyecto, de cuya naturaleza y propósito depende en buena medida la inserción y participación de más amplios grupos de la población a la nueva estructura social o de sectores más reducidos.

De ahí la importancia de reflexionar sobre el asunto de las políticas a propósito de la construcción de la Sociedad de la Información, ya que el sentido y objetivos que se asigne a las mismas -estrechamente asociados a la configuración del Estado en cuestiónresultar á decisivo para el curso de dicho proceso.

Sobre este punto, para efectos de este trabajo son necesarias varias precisiones sobre ciertos conceptos involucrados en la problemática de las políticas, materia del campo disciplinario de las llamadas ciencias de políticas o policy sciences -importante vertiente de estudio de la ciencia política y la administración pública cuyos orígenes tuvieron lugar en la escuela norteamericana de las ciencias sociales en los años cincuenta- , a tener presentes para tratar los comprender los itinerarios e identificar los actores en los que habrá de recaer la gran tarea que representa la construcción de la nueva estructura social.

¿Qué te pareció este post? Ayuda a mejorarlo con tus obervaciones

¡Compártelo en tus Redes Sociales!

La información que te presentamos es completamente sin ningún costo. Hemos invertido cientos de horas de investigación y estudio para ofrecerte la mejor información y material didáctico. Con un Like / Me gusta o simplemente compartiéndolo en tus redes sociales nos motivas a seguir trabajando para ti. ¡Te lo agradecemos mucho!