La Sociedad de la Información – Antecedentes

 

En los primeros años del siglo XXI, la idea de la Sociedad de la Información goza de un importante estatuto social. Presentado como sinónimo inequívoco de toda sociedad avanzada, en especial en la última década, el término se ha colocado en primer plano en los países desarrollados, como el punto siguiente de su itinerario, y en varios de los “emergentes” como una aspiración prioritaria.

Se anuncia una nueva sociedad, necesariamente más progresista y democrática, indetenible en su ascenso y marcada por la tecnología. Se trata de una noción de sociedad en torno a la cual se está construyendo un relato, impulsado tanto por los organismos internacionales como por los grandes consorcios asociados al ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación (en adelante, TIC’s), con las telecomunicaciones como la base tecnológica y cultural sobre la cual habrá de construirse la sociedad del futuro.

Sociedad de la Información
Sociedad de la Información

Tras la tesis del progreso universal a ser alcanzado por la vía tecnológica se ha acuñado el término Sociedad de la Información, que sin mayores cuestionamientos (o quizá alguno), ha pasado pronto a formar parte de los conceptos novedosos y deslumbrantes de la etapa de la globalización pero que, como advierte Mattelart (Véase Historia de la Sociedad de la Información, Armand Mattelart, Barcelona, Paidós, 2001, p. 12. ), es resultado de una construcción geopolítica. Se trata, pues, de una idea que, como alternativa a los dos proyectos antagónicos existentes, se venía incubando desde la Guerra Fría. En las líneas que siguen se presenta a rasgos generales cómo se fue construyendo su trama y proyecto, que está conllevando importantes implicaciones en las políticas para el desarrollo del sector de las telecomunicaciones.

La noción de Sociedad de la Información, que hoy forma parte de los “macro relatos” destinados al gran público, entra en el pensamiento académico, político y económico a partir de finales de los años sesenta, en el marco de una progresiva intervención norteamericana en el sector informativo y en la industria cultural, así como en medio de la importancia creciente de las telecomunicaciones de cara al futuro. Comenzaba así el debate sobre un asunto entre cuyas discusiones de fondo estaba, ni más ni menos, la figura del Estado y las políticas públicas a seguir para la construcción de la “Sociedad de la Información”. Progresivamente, tal referencia se adoptaba en los espacios internacionales. Así, en 1975, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), integrada entonces por los 24 países más ricos, anota el tema en su agenda y asume la noción. Cuatro años después hace lo mismo el Consejo de Ministros de la Comunidad Europea.

Los años setenta, escenario del surgimiento del llamado Tercer Mundo, así como de la comunicación como uno de los factores de relevancia en la estructura de poder internacional, presenciaron el desarrollo de un debate sobre la comunicación que, con la UNESCO como foro, confrontándose a la doctrina del free flow of information (impulsada por los EU como uno de los “baluartes de la sociedad libre”), demandaban la creación de un Nuevo Orden Internacional de la Información (NOII), donde hubiese mayor equilibrio en los espacios informativos (Para conocer con amplitud tal problemática , véase Josep Gifreu, El debate internacional de la comunicación, Barcelona, 1986, Editorial Ariel. ).

Es de particular interés para este estudio subrayar que, paralelamente a la demanda del NOII – que, luego, de su histórica aprobación en la XX Conferencia General de la UNESCO en París, en 1978 se transformara en el Nuevo Orden para la Información y la Comunicación, NOMIC -, la propuesta de las Políticas Nacionales de Comunicación (PNC), surgida ante los planteamientos desarrollistas de la comunicación que se habían venido promoviendo en las naciones subdesarrolladas se amplificó, contribuyendo a dicho debate. La corriente de las PNC, que contó con significativas aportaciones de la “investigación crítica” de América Latina, constituye a nuestro juicio el antecedente más claro en la región de políticas públicas para la comunicación (Entre los investigadores latinoamericanos que contribuyeron a la vertiente de las PNC se encuentran A. Pasquali, Luis Beltrán y Juan Bordenave, entre otros. Para profundizar, véase Peter Schenkel, Políticas) y en particular, para el ámbito de las telecomunicaciones.

Luego, en 1978, el tema se vería impulsado por el famoso Informe Nora-Minc, a partir del cual el gobierno francés puso el énfasis en la necesidad de un “proyecto de sociedad” para un “nuevo tipo de crecimiento” a partir de los esquemas de servicio público. “La creciente informatización de la sociedad está en el corazón de la crisis. Puede agravarla o contribuir a resolverla”, señalaba en sus primeras líneas dicho Informe, que dio resonancia inusitada al término “informatización de la sociedad”, y que refería el momento de transición que estaba viviendo la nación francesa, considerada por muchos estudiosos como la génesis de la también llamada “revolución de la información”.

Es posible afirmar que, a partir de los ochenta, las nociones fundamentales del discurso que se configuraba sobre la “Sociedad de la Información” comenzaron a transminarse a los programas de acción con tal fin que se iniciaron por aquella etapa en algunos países, sobre todo los desarrollados, en el marco de la actividad pública, con el fin de favorecer y acelerar la entrada en la “nueva sociedad”. Los argumentos premonitorios, la visión de corto plazo, la urgencia de medidas a tomar “para superar el retraso” y otros, extraídos del determinismo tecnológico, empezaron a reflejarse en varios de los planteamientos que para tal propósito elaboraron los países del “G8” en los años siguientes, y que con matices, fueron trasladados a los países “emergentes”.

A fines de los ochenta, el tema comienza a motivar la producción de documentos en altas instancias políticas y proyectos a nivel nacional y regional, sobre todo en Europa, donde se diseñan estrategias para acceder a la “Sociedad de la Información”. En 1987, con el proyecto que se tradujo en el llamado Libro Verde, la Unión Europea busca construir una política pública regional para las telecomunicaciones. La postura en ese momento de los países miembros era de abolición a los monopolios nacionales, bosquejando la problemática de las redes de información como elemento de construcción de un mercado único . Era el inicio de un vivo interés europeo por transitar hacia la “Sociedad de la Información”, de frente a los problemas económicos que experimentaba la región y la creciente hegemonía norteamericana.

Otro hito a registrar en el ascenso del concepto lo constituiría sin duda el proyecto norteamericano de las Autopistas de la Información. Surgido en el contexto de la desregulación de las telecomunicaciones y la progresiva apertura del espacio mundial a los movimientos de capitales, este proyecto daba continuidad a la política de los EU para la construcción de la “Sociedad de la Información” que se remontaba al periodo presidencial de Richard Nixon. Fue hecho público en 1992, durante la campaña que llevaría a la presidencia a W. Clinton, por Al Gore, su compañero de fórmula.

No obstante, el anuncio oficial de las Autopistas de la Información se produjo con un documento emitido por la Casa Blanca en febrero de 1993, titulado Tecnología para el crecimiento de América. Una nueva dirección para construir el fortalecimiento económico, documento que después se convertiría en el proyecto Global Information Infraestructure, la plataforma mundial para la sociedad tecnológicamente avanzada. Desde el momento de su aparición, el término Autopistas de la Información causaría impacto y, aunque se remite sobretodo al nivel de la infraestructura, sería asimilado por el gran público como parte de la noción de la Sociedad de la Información, así como en materia prima del discurso hegemónico norteamericano, que por aquel momento buscaba renovarse con el recurso de las TIC’s. (El proyecto Technology for America’s Economic Growth. A New Direction to Build Economic Strenght, que se marcaba entre sus objetivos el de “aprovechar las tecnologías de modo que mejore la calidad de vida y la fuerza económica de nuestra nación”, proponía la mejora de los mecanismos de cooperación entre el gobierno y la industria y el desarrollo de tecnologías que pudiesen incrementar la productividad, el desarrollo local y regional. Consideraba también acciones educativas y de formación para los norteamericanos en materia informática, tanto en las escuelas como en las empresas y el hogar. Se consideraba también, entre otras acciones, la conexión de los centros universitarios a una red de alta velocidad. En: Julio Linares y Francisco Ortiz Chaparro, Autopistas inteligentes, FUNDESCO, Madrid, 1995, pp. 135-136.)

Dicha iniciativa se vería seguida pronto en el Viejo Continente con el planteamiento respectivo de la Unión Europea, conocido como el Libro Blanco, que venía precedido por iniciativas nacionales distintas y que marcaba las “pistas” para entrar al Siglo XXI. Por encargo de su Consejo de Ministros, la UE emprendió la tarea, encabezada por el ministro Jacques Délors, que tuvo como resultado el documento titulado Crecimiento, competitividad, empleo. Retos y pistas para entrar en el siglo XXI. Libro Blanco. También conocido como el Plan Délors, el documento señalaba, a partir de la figura del Estado, la importancia de las políticas públicas en el proceso. (Según varios autores, el Libro Blanco constituyó la reacción europea al proyecto norteamericano de la Global Information Infraestructure. En sus propuestas se reflejaban relativamente proyectos nacionales en la materia -como el Informe Théry en Francia, la Information Society Initiative en la Gran Bretaña y el Info2000 en Alemania, entre otros. De frente al desempleo y la pérdida de influencia de Europa en el mundo, a pesar de los esfuerzos de unificación, el Libro Blanco buscaba aumentar la competitividad de las economías de la región. Sus propuestas centrales eran fomentar la colaboración entre los sectores público y privado y acelerar la construcción de redes y creación de servicios y aplicaciones de las autopistas de la información, con acciones como la creación de redes europeas de infraestructura, formación y educación permanentes y flexibilización de los mercados de trabajo. En: Linares y Chaparro, op. cit., pp. 138-139. ) Otros proyectos posteriores, aunque con puntos de partida distintos, buscarían dar continuidad al interés de la región en el tema. Tal fue el caso, por ejemplo, del Informe Bangemann, hecho público en Bruselas en el mismo año de 1994 y conocido también como Europa y la Sociedad Global de la Información. Recomendaciones al Consejo Europeo.

En contraste con el Libro Blanco, el Informe Bangemann daba vuelta al timón en el sentido en que se pronunciaba por una rápida liberalización de las telecomunicaciones para apoyar los avances de la productividad, el desarrollo tecnológico y el pluralismo cultural. (La propuesta del Informe Bangemann, planteado como complemento del Libro Blanco, fue solicitada por la Unión Europea a un grupo de expertos encabezados por Martin Bangemann, vicepresidente de la Comisión Europea en materia de tecnologías de información y telecomunicaciones. El Informe refleja con claridad el viraje en las políticas que se registraba en Europa, que en ese momento se traducía en tres medidas, “a fin de acabar con las posturas atrincheradas que sitúan a Europa en desventaja competitiva”, y que eran las de “fomentar una mentalidad emprendedora que haga posible la aparición de nuevos sectores dinámicos de la economía”, “establecer un planteamiento reglamentario que favorezca la aparición de un mercado competitvo en Europa de servicios de información” , todo lo cual “no supone un aumento de las dotaciones públicas, de la asistencia financiera ni de los subsidios”. En sus diferentes capítulos, y especialmente en el Plan de Acción, el Informe hacía ver que de acuerdo a tal planteamiento para arribar a la Sociedad de la Información, “El mercado llevará la dirección… La primera tarea de los gobiernos consistirá en proteger las fuerzas competitivas”. En: Informe Bangemann, en http://osi.conselldemallorca.net/pdf/bangemancat.pdf. )

Se hacía así evidente el viraje de las políticas públicas en el continente europeo, donde la privatización de British Telecomm en 1984 había insertado a los servicios públicos de telecomunicaciones al ámbito de la competencia, que diez años más tarde se había convertido en articulación fundamental para encaminar a los países del viejo continente hacia el modelo liberal competitivo.

En 1995, al aglutinar intereses, el término Sociedad de la Información obtiene carta de naturalización: reunidos en Bruselas, en el seno del G7, los países más ricos ratifican el concepto de Global Society of Information para la sociedad por venir, y en paralelo, hacen saber el rumbo que piensan imprimir a ésta. Con la presencia de representantes de importantes firmas electrónicas y aeroespaciales europeas, norteamericanas y japonesas, el G7 reitera su objetivo de liberalizar los mercados de telecomunicaciones como necesario para construir las infraestructuras informacionales, que habrán de confiarse a “la iniciativa del sector privado” y “las virtudes del mercado” .

En 1999, en la Conferencia Telecomm 99, organizada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), se afirma que el motor de la revolución de las comunicaciones está constituido por las fuerzas de la competencia y la tecnología avanzada, mientras que un año después, en el 2000, en la cumbre económica y social europea de Lisboa, la Unión Europea se plantea como objetivo estratégico el de “convertirse en la economía del conocimiento más competitiva y dinámica”.

En el 2001, ante las disparidades de las que está partiendo la construcción de la Sociedad de la Información, la ONU decide llevar a cabo, apoyándose en la UIT, la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, para discutir acerca de la necesidad de una “regulación global” en el tema, en relación al carácter de “bien público global” que, desde su perspectiva, debieran tener la información y el conocimiento. La primera etapa de la Cumbre, a la que nos referiremos más adelante, se llevó a cabo en diciembre del 2003 en Ginebra, Suiza.

A muy grandes rasgos, fue así como la noción de Sociedad de la Información escaló los peldaños hacia la escena mundial. Hoy, exitoso tanto en el campo de la política como entre la economía, sin contar las especialidades asociadas a las TIC’s, el término se ha popularizado crecientemente, al gozar de amplia difusión en la opinión pública.

Procede entonces preguntarse cuál es la idea que se está diseminando entre el gran público: ¿qué sociedad es, para el común, la Sociedad de la Información, esa suerte de tierra prometida a la que se espera llegar?

Antes de pretender encontrar respuestas a esta pregunta, conviene remitirse a la definición de la Sociedad de la Información acuñada por la ONU, que aun cuando no se incluyó en los documentos finales de la reunión, resulta útil considerar y que señala lo siguiente: “

La Sociedad de la Información es un sistema económico y social donde el conocimiento y la información constituyen fuentes fundamentales de bienestar y progreso, que representa una oportunidad para nuestros países y sociedades. El desarrollo de esa sociedad debería tener lugar en el marco de un contexto tanto mundial como local de principios fundamentales como el respeto a los derechos humanos, la democracia, la protección del medio ambiente, el fomento de la paz, el derecho al desarrollo, las libertades fundamentales, el progreso económico y la equidad social. (….) “

La Sociedad de la información es un concepto según el cual las redes TIC más modernas, el acceso equitativo y ubicuo a la información, el contenido adecuado en formatos accesibles y la comunicación eficaz pueden ayudar a las personas a realizarse, promover el desarrollo económico y social, mejorar la calidad de vida de todos, aliviar la pobreza y el hambre y facilitar los procesos de adopción de decisiones con participación. De este modo, éstas permiten compartir entre todos los beneficios sociales y económicos, gracias a un acceso ubicuo a las redes de información, preservando al mismo tiempo la diversidad y el patrimonio cultural.” (Organización de Naciones Unidas, Proyecto de Declaración, Ginebra, 25 de febrero del 2003. En www.yachay.com.pe, 26 de febrero del 2003. )

Como se aprecia, tal propuesta de la ONU sobre la Sociedad de la Información se encuentra lejana de los términos del discurso que cotidianamente circula entre el gran público, un discurso mitificador y apologético que presenta a la “sociedad del futuro” de acuerdo a representaciones particulares y específicas que están obteniendo creciente reconocimiento y asimilación por amplias porciones de la población del mundo.

Se ha configurado así una noción que, permeando el imaginario social, plantea el “arribo” de la “nueva sociedad” como una expectativa que ineluctablemente se verá cumplida. Forman parte de tal discurso generalizado sobre la Sociedad de la Información las múltiples caracterizaciones disponibles de ésta, plasmadas a través de obras y trabajos varios, que a pesar de lo diverso de su procedencia, parten de premisas parecidas y recurren reiteradamente al planteamiento de escenarios del futuro, sin análisis histórico pero imbuidos de fascinación tecnológica. (Resultaría por demás largo referir las obras y autores que comparten tal condición. Pueden citarse, sin embargo , entre otros textos representativos de este tendencia La sociedad telemática, de J. Martin (1981); Manual de los nuevos medios, de D. Ratzke (1988), así como La tercera ola, de Alvin Tofller (1988).)

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